¿Y ahora, en el amor, quien podrá ayudarnos?



Como alguien en los 30’s, encuentro fascinante la forma en que mi entorno, y el entorno de mis conocidos cambia, a partir de las relaciones interpersonales. Cómo pasamos de tener “rumbas de garaje” y “parches” con amigas, a parejas de vida. Y en este punto, me pregunto: ¿En qué radica el éxito de las relaciones de pareja? En estos tiempos veloces donde el internet tiene más apego que la interacción humana, y donde un guiño vale más que un ramo de rosas, ¿Qué es lo que permite una relación? ¿Y que ayuda a hacerla duradera? ¿Es eso posible? 

Siempre he creído (y como la mayoría de las damas, culpo a Disney por esto), que la razón prima, es la actitud caballeresca, virginal y negadamente concupiscente con que nos lavaron y auto lavamos el cerebro desde la infancia. Que una agarradita de manos (aunque sudando como si estuviésemos en una maratón), que una miradita, que un guiño, que la cartica romántica y que la chocolatina, eran los métodos por selección de fina coquetería y conquista de mi niñez. Ahora, la situación a “involucionado” emocionalmente, para hacerlo tecnológicamente, pasando de la tomada de manos, a un “like”, de un hacerse notar caminando en frente de quien nos gustaba, a un zumbido entre perfiles, de un encuentro en una cafetería, a acoso por GPS en lugares de la ciudad.

Cuando crecemos, la atribulada adolescencia, tenemos la ligereza de que gustábamos de cualquier persona, sin importar la edad (y mayormente por las hormonas), ni estatura, ni el tiempo de cortejo (si lo hay), todo nos parece amor eterno... Hasta el otro día. En el presente, se llevan relaciones con X cantidad de “perfiles” -de uno u otro sistema de redes sociales- sean o no de la ciudad (siempre fui amante local, de al menos 15 a 20 cuadras a la redonda), llegando al caso de otros lados del hemisferio, con desestimadas aclaraciones de “exclusividad” (más figurada que real) con la pareja de turno en la red.

Hay que admitir que los tiempos de cortejo, romance, detalles y  cualquier forma de interacción están sobreseídos, desestimados y “pasados de momento”. Los chocolates, los poemas, las caricias intempestivas, se han venido reemplazando con acciones puntuales, tangibles y concreciones. Sexo y nada de preámbulo. Los noviazgos empiezan como terminan: con un click y/o un mensaje de texto (de perfil o de celular). La charla banal, el conocerse antes si quiera de la primera cita, perdió su importancia. No más miradas coquetas, ni dulzura a flor de labios, ni sudoración profusa por conocer a alguien nuevo. El pilar de las relaciones, el único que es de defender a capa y espada, la comunicación, se ha tornado en una montaña de aberrantes “LOL”, “XOXO”, “BRB” y “FFFUUU”; las charlas espontáneas fueron reemplazadas por los historiales de conversación, y las emociones como la alegría y las acciones como un beso, han sido reemplazados por un :D y un :* .

Los tiempos modernos de alguna forma mancillaron la forma de relacionarnos con otros, pero abrieron el portal para expandir nuestra visión de relacionarnos con el mundo. No condono lo uno, ni juzgo lo otro. Solo es diferente, aunque no sé si para bien o para mal. Solo veo que se perdió la prosa y magia de tener una relación con otra persona, donde la comunicación se tornó en un triste tipeo, la interacción en un hojear de fotos de perfil, y el intercambio de enzimas, que radicaba en lo fuerte de un apretón de manos, ahora es una sobada sudorosa, desenfrenada y reggaetonera. Y donde un beso, que era el culmen, la recompensa de semanas de trabajo, días de detalles, tardes coquetas y el cierre de una noche de felicidad, paso a ser un modismo, un mero detalle que pasa desapercibido, o se convierte en un formalismo a corte de cliché, que se le da al mejor postor, o en una noche de hormonal pasión.

Yo, por mi parte, me quedo con el respeto por la pareja, la honestidad por sobre todas las cosas, con la charla insulsa, la risa tenue y veráz de quien quiero ría, de las tardes de picnic y noches de luna a luz de vela, de nunca irme a dormir molesto con mi pareja, y de despertar cada mañana con un “te amo”. Hay cosas que ni la tecnología puede mejorar.

¿Y ahora, en el amor, quien podrá ayudarnos?



Como alguien en los 30’s, encuentro fascinante la forma en que mi entorno, y el entorno de mis conocidos cambia, a partir de las relaciones interpersonales. Cómo pasamos de tener “rumbas de garaje” y “parches” con amigas, a parejas de vida. Y en este punto, me pregunto: ¿En qué radica el éxito de las relaciones de pareja? En estos tiempos veloces donde el internet tiene más apego que la interacción humana, y donde un guiño vale más que un ramo de rosas, ¿Qué es lo que permite una relación? ¿Y que ayuda a hacerla duradera? ¿Es eso posible? 

Siempre he creído (y como la mayoría de las damas, culpo a Disney por esto), que la razón prima, es la actitud caballeresca, virginal y negadamente concupiscente con que nos lavaron y auto lavamos el cerebro desde la infancia. Que una agarradita de manos (aunque sudando como si estuviésemos en una maratón), que una miradita, que un guiño, que la cartica romántica y que la chocolatina, eran los métodos por selección de fina coquetería y conquista de mi niñez. Ahora, la situación a “involucionado” emocionalmente, para hacerlo tecnológicamente, pasando de la tomada de manos, a un “like”, de un hacerse notar caminando en frente de quien nos gustaba, a un zumbido entre perfiles, de un encuentro en una cafetería, a acoso por GPS en lugares de la ciudad.

Cuando crecemos, la atribulada adolescencia, tenemos la ligereza de que gustábamos de cualquier persona, sin importar la edad (y mayormente por las hormonas), ni estatura, ni el tiempo de cortejo (si lo hay), todo nos parece amor eterno... Hasta el otro día. En el presente, se llevan relaciones con X cantidad de “perfiles” -de uno u otro sistema de redes sociales- sean o no de la ciudad (siempre fui amante local, de al menos 15 a 20 cuadras a la redonda), llegando al caso de otros lados del hemisferio, con desestimadas aclaraciones de “exclusividad” (más figurada que real) con la pareja de turno en la red.

Hay que admitir que los tiempos de cortejo, romance, detalles y  cualquier forma de interacción están sobreseídos, desestimados y “pasados de momento”. Los chocolates, los poemas, las caricias intempestivas, se han venido reemplazando con acciones puntuales, tangibles y concreciones. Sexo y nada de preámbulo. Los noviazgos empiezan como terminan: con un click y/o un mensaje de texto (de perfil o de celular). La charla banal, el conocerse antes si quiera de la primera cita, perdió su importancia. No más miradas coquetas, ni dulzura a flor de labios, ni sudoración profusa por conocer a alguien nuevo. El pilar de las relaciones, el único que es de defender a capa y espada, la comunicación, se ha tornado en una montaña de aberrantes “LOL”, “XOXO”, “BRB” y “FFFUUU”; las charlas espontáneas fueron reemplazadas por los historiales de conversación, y las emociones como la alegría y las acciones como un beso, han sido reemplazados por un :D y un :* .

Los tiempos modernos de alguna forma mancillaron la forma de relacionarnos con otros, pero abrieron el portal para expandir nuestra visión de relacionarnos con el mundo. No condono lo uno, ni juzgo lo otro. Solo es diferente, aunque no sé si para bien o para mal. Solo veo que se perdió la prosa y magia de tener una relación con otra persona, donde la comunicación se tornó en un triste tipeo, la interacción en un hojear de fotos de perfil, y el intercambio de enzimas, que radicaba en lo fuerte de un apretón de manos, ahora es una sobada sudorosa, desenfrenada y reggaetonera. Y donde un beso, que era el culmen, la recompensa de semanas de trabajo, días de detalles, tardes coquetas y el cierre de una noche de felicidad, paso a ser un modismo, un mero detalle que pasa desapercibido, o se convierte en un formalismo a corte de cliché, que se le da al mejor postor, o en una noche de hormonal pasión.

Yo, por mi parte, me quedo con el respeto por la pareja, la honestidad por sobre todas las cosas, con la charla insulsa, la risa tenue y veráz de quien quiero ría, de las tardes de picnic y noches de luna a luz de vela, de nunca irme a dormir molesto con mi pareja, y de despertar cada mañana con un “te amo”. Hay cosas que ni la tecnología puede mejorar.

Lo cotidiano como sedante


Ir por la vida y sentirse sedado, aún cuando circunstancialmente es necesario, es bastante aburridor, por no decir lo incómodo, y tóxico para la mente. No solo de forma físico/química, sino también emocional. Sentirse estático, más que por momentos, por días enteros, es síntoma que perdimos el fuego por lo que hacemos, de lo que hacemos y casi que por extensión: con quien... Por nuestro entorno, o que simplemente, ya no tenemos la chispa que nos conectaba otrora con lo que manejábamos como plan de vida.

Teniendo esto presente, digo que aunque la comodidad es lo que todos buscamos para centrar nuestra vida, esta misma tiende a sofocar el oxigeno que nos mueve a buscar nuevas metas, nuevos propósitos, nuevas búsquedas. No digo que la comodidad sea mala, solo que cuando uno “monta la tienda”, le compra muebles, la personaliza, le da personalidad, y la siente vibrar, es increíblemente difícil dejarla atrás… Se empiezan a posponer las cosas, se planean cambios en torno a lo presente, y del futuro, nada. Queda en que en un “futuro “todo se encausará (solo).

Como buen ser humano, le temo al cambio. No porque esté contento con las cosas como estén, si no, porque temo que si empujo demasiado las cosas buscando un resultado mejor, o al menos diferente para bien, mi entorno se desmorone como una casa de naipes. He sido feliz con las cosas que he logrado canalizar como parte de la vida que quiero, pero que no me darán esa vida que aspiro. De forma silente, he planeado una vida en común, con cosas simples, y necesidades simples, con alguien con quien pueda manejar esa “simpleza”. Pero planear, no es concretar, y lo cíclico y redundante de la planeación es, que lo que se planea, no siempre es lo que funciona. Es a esto a lo que realmente le temo. A que lo que he buscado, lo que he perseguido, me sea esquivo al punto de no poderlo lograr. Tener el corazón y la mente enfocados en algo que no importa cuánto lo intente, no me será propicio y solo será realizable en mis sueños. Que todo aquello en que he avocado mis ideales, sea solo un espejismo de esa vida de ilusión que solo estará en los rincones de mi cerebro, retumbando como ecos de tambores.

Aquí es donde estoy sedado, vedado por el ideal de lo que quiero vivir, con quien, pero del como, de esa forma de conectar dos puntos y crear una línea de realidad de la fantasía en que quiero existir, sigue siendo esquivo al punto de considerarlo una situación “quimérica”. Últimamente he entendido que para lograr la concreción de eso que persigo requiere cambios, estrategias, y con tristeza, renuncias. Es cosa de arriesgar todo por el todo, o esperar que el mundo gire y me deje en la entrada de mi casa sin necesidad de moverme. Así que debo invitarme a dejar la comodidad de mi nube, bajar donde la mente y el cuerpo se hacen una maquina torpe, a imagen y semejanza de otros en imagen y semejanza, y lograr ser quien debo ser, aunque duela, pero si algo aprendimos en la infancia es que aunque el dolor pasa, no lo hace tan rápido como la vida. 

Lo cotidiano como sedante


Ir por la vida y sentirse sedado, aún cuando circunstancialmente es necesario, es bastante aburridor, por no decir lo incómodo, y tóxico para la mente. No solo de forma físico/química, sino también emocional. Sentirse estático, más que por momentos, por días enteros, es síntoma que perdimos el fuego por lo que hacemos, de lo que hacemos y casi que por extensión: con quien... Por nuestro entorno, o que simplemente, ya no tenemos la chispa que nos conectaba otrora con lo que manejábamos como plan de vida.

Teniendo esto presente, digo que aunque la comodidad es lo que todos buscamos para centrar nuestra vida, esta misma tiende a sofocar el oxigeno que nos mueve a buscar nuevas metas, nuevos propósitos, nuevas búsquedas. No digo que la comodidad sea mala, solo que cuando uno “monta la tienda”, le compra muebles, la personaliza, le da personalidad, y la siente vibrar, es increíblemente difícil dejarla atrás… Se empiezan a posponer las cosas, se planean cambios en torno a lo presente, y del futuro, nada. Queda en que en un “futuro “todo se encausará (solo).

Como buen ser humano, le temo al cambio. No porque esté contento con las cosas como estén, si no, porque temo que si empujo demasiado las cosas buscando un resultado mejor, o al menos diferente para bien, mi entorno se desmorone como una casa de naipes. He sido feliz con las cosas que he logrado canalizar como parte de la vida que quiero, pero que no me darán esa vida que aspiro. De forma silente, he planeado una vida en común, con cosas simples, y necesidades simples, con alguien con quien pueda manejar esa “simpleza”. Pero planear, no es concretar, y lo cíclico y redundante de la planeación es, que lo que se planea, no siempre es lo que funciona. Es a esto a lo que realmente le temo. A que lo que he buscado, lo que he perseguido, me sea esquivo al punto de no poderlo lograr. Tener el corazón y la mente enfocados en algo que no importa cuánto lo intente, no me será propicio y solo será realizable en mis sueños. Que todo aquello en que he avocado mis ideales, sea solo un espejismo de esa vida de ilusión que solo estará en los rincones de mi cerebro, retumbando como ecos de tambores.

Aquí es donde estoy sedado, vedado por el ideal de lo que quiero vivir, con quien, pero del como, de esa forma de conectar dos puntos y crear una línea de realidad de la fantasía en que quiero existir, sigue siendo esquivo al punto de considerarlo una situación “quimérica”. Últimamente he entendido que para lograr la concreción de eso que persigo requiere cambios, estrategias, y con tristeza, renuncias. Es cosa de arriesgar todo por el todo, o esperar que el mundo gire y me deje en la entrada de mi casa sin necesidad de moverme. Así que debo invitarme a dejar la comodidad de mi nube, bajar donde la mente y el cuerpo se hacen una maquina torpe, a imagen y semejanza de otros en imagen y semejanza, y lograr ser quien debo ser, aunque duela, pero si algo aprendimos en la infancia es que aunque el dolor pasa, no lo hace tan rápido como la vida. 

Del tedio que a veces produce la TV...



En tiempos como estos, en los que la complacencia personal, y el culto por lo ridículamente obsceno de la cotidianidad, se han convertido en modelos a seguir, uno se pregunta: ¿Que es lo realmente importante? ¿Qué o cual podría ser el motor que puede empujar una empresa creativa, cuando lo que vende, carece de creatividad? La fórmula de los “Reality Shows”, y la amplia falta de discernimiento de los medios como emisarios de lo que la sociedad necesita, han socavado la espina dorsal de la cultura, sintiéndose un retroceso casi a nivel de pictogramas de cueva. Por ejemplo: a nivel local tenemos (de lo poco que escucho se ve a mi alrededor): Colombia Next Top Model, Protagonistas de Novela, el Factor X, Gran Hermano, la Voz, etc. A nivel internacional esta: Jersey Shore (cancelado, por fin), American Idol, America’s Next Top Model, cualquiera de los shows de Gordon Ramsey de cocina, los horrores de las Kardashian, y así, muchos otros que carecen de una complejidad narrativa y que solo están ahí, para provocar al televidente, no para provocar algo específico, en la premisa, “Que hablen bien, que hablen mal, con tal de que hablen”.

Los canales ya no se dan tiempo de analizar la información, de estructurar la misma, de aprender ni de transmitir con detalle lo que ocurre a nuestro alrededor, convirtiendo la vida misma en un error amarillista, redundante, molesto e intrusivo. Los redactores, como los periodistas olvidaron como es la correcta gramática, como es el uso correcto de las palabras, tanto dichas, como escritas y esas conductas, son emuladas por niños, como por adultos, desde impúberes, hasta por concejales. Es como estar en un comercial del venezolano de “The book’s on da table”, pero en español.

Y no solo eso. Que las noticias locales se lleven menos de 30 minutos, los deportes casi 25 minutos y el jet set casi una hora, deja mucho que desear sobre lo que realmente nos dan a los televidentes.

Hemos llegado al punto en que nuestra historia nos es vendida como novela (Pablo Escobar), donde la gente se apasiona sobre cómo va la aventura, olvidando que en muchos casos, esos sucesos de lunes a viernes, en los 30 minutos de transmisión, ya los habíamos vivido. Ahora bien, el mal manejo de los que se considera horario familiar para transmitir novelas con alto contenido de violencia o sexo, a veces ambos, y donde los “nuevos padres” no entienden que hay contenidos que NO se les debe permitir a los niños, situando de nuevo en la mira de los infantes “lo que quiero ser cuando grande”, los trabajos de “traquetos”, sicarios, “lava perros”, narcos y todo aquello por lo que nuestro país ha sido estigmatizado por los últimos 40 años, sin sentir el más mínimo ápice de remordimiento. Casi como un crimen sin víctimas (inmediatas).

Es por esto que hace tanto tiempo avoqué toda mi atención a los seriados norteamericanos, donde la ciencia ficción es la línea conductora de la historia de los personajes; donde la realidad, por más extraña que fuera, era más llevable que el diario vivir de mi país; que por más heridos que los personajes estuviesen, volverían a la siguiente semana a afrontar nuevamente situaciones impensables. Sin embargo, esto no siempre es suficiente.

No creo ser de los que puede aportar nada novedoso y/o innovador al medio audiovisual, porque estoy parcializado tanto en gusto, como en narración, pero como fiel degustador de la caja idiota, debo admitir, que estamos en tiempos bastante desesperanzadores para el material historiográfico que le dejaremos a las generaciones venideras. No me imagino un “Re-Run” en 20 años de “teen Mom”, o de “Cheaters”, o de alguna de las novelas de los canales nacionales; con decir que en el presente, me he quedado viendo con beneplácito las repeticiones de “Don Chinche” sobre los noticiarios, porque la verdad, tiene más que decir desde el pasado don Héctor Ulloa, que el fiscal general de la nación.

Del tedio que a veces produce la TV...



En tiempos como estos, en los que la complacencia personal, y el culto por lo ridículamente obsceno de la cotidianidad, se han convertido en modelos a seguir, uno se pregunta: ¿Que es lo realmente importante? ¿Qué o cual podría ser el motor que puede empujar una empresa creativa, cuando lo que vende, carece de creatividad? La fórmula de los “Reality Shows”, y la amplia falta de discernimiento de los medios como emisarios de lo que la sociedad necesita, han socavado la espina dorsal de la cultura, sintiéndose un retroceso casi a nivel de pictogramas de cueva. Por ejemplo: a nivel local tenemos (de lo poco que escucho se ve a mi alrededor): Colombia Next Top Model, Protagonistas de Novela, el Factor X, Gran Hermano, la Voz, etc. A nivel internacional esta: Jersey Shore (cancelado, por fin), American Idol, America’s Next Top Model, cualquiera de los shows de Gordon Ramsey de cocina, los horrores de las Kardashian, y así, muchos otros que carecen de una complejidad narrativa y que solo están ahí, para provocar al televidente, no para provocar algo específico, en la premisa, “Que hablen bien, que hablen mal, con tal de que hablen”.

Los canales ya no se dan tiempo de analizar la información, de estructurar la misma, de aprender ni de transmitir con detalle lo que ocurre a nuestro alrededor, convirtiendo la vida misma en un error amarillista, redundante, molesto e intrusivo. Los redactores, como los periodistas olvidaron como es la correcta gramática, como es el uso correcto de las palabras, tanto dichas, como escritas y esas conductas, son emuladas por niños, como por adultos, desde impúberes, hasta por concejales. Es como estar en un comercial del venezolano de “The book’s on da table”, pero en español.

Y no solo eso. Que las noticias locales se lleven menos de 30 minutos, los deportes casi 25 minutos y el jet set casi una hora, deja mucho que desear sobre lo que realmente nos dan a los televidentes.

Hemos llegado al punto en que nuestra historia nos es vendida como novela (Pablo Escobar), donde la gente se apasiona sobre cómo va la aventura, olvidando que en muchos casos, esos sucesos de lunes a viernes, en los 30 minutos de transmisión, ya los habíamos vivido. Ahora bien, el mal manejo de los que se considera horario familiar para transmitir novelas con alto contenido de violencia o sexo, a veces ambos, y donde los “nuevos padres” no entienden que hay contenidos que NO se les debe permitir a los niños, situando de nuevo en la mira de los infantes “lo que quiero ser cuando grande”, los trabajos de “traquetos”, sicarios, “lava perros”, narcos y todo aquello por lo que nuestro país ha sido estigmatizado por los últimos 40 años, sin sentir el más mínimo ápice de remordimiento. Casi como un crimen sin víctimas (inmediatas).

Es por esto que hace tanto tiempo avoqué toda mi atención a los seriados norteamericanos, donde la ciencia ficción es la línea conductora de la historia de los personajes; donde la realidad, por más extraña que fuera, era más llevable que el diario vivir de mi país; que por más heridos que los personajes estuviesen, volverían a la siguiente semana a afrontar nuevamente situaciones impensables. Sin embargo, esto no siempre es suficiente.

No creo ser de los que puede aportar nada novedoso y/o innovador al medio audiovisual, porque estoy parcializado tanto en gusto, como en narración, pero como fiel degustador de la caja idiota, debo admitir, que estamos en tiempos bastante desesperanzadores para el material historiográfico que le dejaremos a las generaciones venideras. No me imagino un “Re-Run” en 20 años de “teen Mom”, o de “Cheaters”, o de alguna de las novelas de los canales nacionales; con decir que en el presente, me he quedado viendo con beneplácito las repeticiones de “Don Chinche” sobre los noticiarios, porque la verdad, tiene más que decir desde el pasado don Héctor Ulloa, que el fiscal general de la nación.

Vivir como un Rollingstone





La cotidianidad, lo único que tiene de seguro, es que es previsible. Levantarnos temprano (aunque no todos), bañarnos, desayunar, vestirnos, prepararnos para el día a día, trabajar, pensar en las cuentas: que los servicios, que el mercado, que la administración del edificio, que las cuotas de manejo, que la pensión, que la salud, que la tarjeta de crédito, que el mantenimiento del carro/moto, que las cosas para los niños (cuando los hay), que volver a casa y repetir la misma acción, de lunes a lunes, hasta la jubilación (nos muramos, los hijos nos sucedan, o terminemos en un sanatorio o en una casa de “retiro). 

Es ahí, en las mañanas, cuando nos vemos al espejo, sea para afeitarnos, para pensar en cómo iniciaremos ese día, o solo para echarnos agua en el rostro mientras enfilamos la lista de pendientes, en que nuestra mente divaga, se pierde en un momento que puede parecer perenne, en cómo sería vivir sin las reglamentaciones, sin las necesidades de la cotidianidad, sin aquello que nos ata (y harta) a los modismos, cultura y sociedad del centavo, eso que los medios pueden llamar: Vivir como un Rollingstone.

No me refiero a mi amigo Paulo César Daza (a quien le decimos el Rolo y/o Rollingstone de cariño), sino al concepto de lo que es un estilo de vida de banda legendaria, de lo que es ser un Rocanrolero de antaño, de lo que es ser una estrella, alguien icónico, a quien envidiamos, deseamos y que obviamente, no es como nosotros; no porque no le corra sangre en las venas, sino porque en ellas, en ese sistema endovenoso, solo se bombea el mito de que es ser alguien que no tiene la obligación que arrastramos el resto de los mortales.

Lo que respiran es fama; lo que gastan (que es probablemente una cantidad que ni ellos mismos llegan a saber bien) más que dinero, es energía; que lo que destruyen, prácticamente al día siguiente aparece reemplazado, repuesto, renovado (sea una habitación de hotel, un vehículo, un instrumento, una cámara de paparazzi, un pómulo –con la misma cámara), como si nada hubiese ocurrido. No deben pensar en cómo llega la comida a sus platos, quien arregla las camas donde duermen; de donde les aparece la ropa/zapatos/lociones/perfumes/accesorios; no deben firmar pagarés; ni hacer diligencias bancarias, ni llamar a agentes de viajes, ni hacer filas (¡NINGUNA!); si se accidentan, se enferman, y/o se fracturan, casi por arte de magia, como si el mismísimo Hermes de la mitología los transportara, aparecen en el Hospital Sinaí (que según los medios norteamericanos, es lo ultimísimo en guaracha), finos y rozagantes, como si la sobredosis no hubiese sido mayor cosa, o la operación de corazón abierto hubiese sido en el peor de los casos, un chiste subido de tono con un poco de sangre; en diferente situación, pero de la misma línea, algunos de estos individuos (contados, insulsos y mediocres), se permiten ganar dinero con solo tener a un equipo de camarógrafos, retratando su cotidianidad, que por más que lo intenten, mostrarse agobiados, no les da, no les acomoda esa personificación de deidades en desgracia que sufren porque el contrato de X cantidad de millones solo pasó a Y millones, o diciendo que “la gente no se imagina como es mi vida”, mientras recibe tratamiento de SPA, una o dos veces a la semana, en un chalet al lado de su piscina, y recibiendo otro tanto de millones por respirar en televisión.

No necesitan enterarse de cómo es la vida de quienes los rodean, si tienen problemas, enfermedades, dolencias, pérdidas, animosidades, alegrías o tristezas. Eso no les importa, su función en el mundo, es ser figuras decorativas de adoración,  semi dioses, no consejeros, administradores, sicólogos, banqueros ni terapeutas. El día a día no los afecta. No los atormenta. Desde que se acuestan, hasta el momento que abren los ojos, todo está predeterminado, tanto o más como la cotidianidad de quienes debemos partirnos el lomo viendo como pagamos nuestra seguridad médica, como conseguir el pan de la mesa. La diferencia, es que nosotros si sabemos dónde comprar, a quien pagar y cuanto. Aún así, quisiera ser, ó al menos, vivir como un Rollingstone.